viernes, 26 de abril de 2019

Frases de "Drácula" de Bram Stoker

Drácula y Stoker




Aunque Bram Stoker escribió otras novelas y relatos como La dama del sudario, La joya de las siete estrellas, El misterio del mar y El invitado de Drácula (que, según la viuda de Stoker, formaba parte de los relatos de Jonathan Harker en la versión original de Drácula antes de su publicación); Stoker es conocido sobre todo por su obra maestra Drácula, que fue publicada por primera vez en 1897. La novela está conformada por cartas que los personajes se escriben entre ellos, anotaciones de sus diarios personales y recortes de periódicos. El uso de diferentes narradores en primera persona lo vuelve interesante y ayuda a no sentirse cansado rápidamente, ya que es una novela que puede resultar cansada por su extensión. Antes de Drácula, existieron otros relatos y novelas que trataban sobre vampiros, como Carmilla de Sheridan Le Fanu, Vampirismo de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann y La Muerte Enamorada de Théophile Gautier; pero Drácula se ha ubicado como el top of mind cuando se habla de novelas sobre vampiros.




Se dice que Stoker se inspiró en la historia del Príncipe Vlad Tepes (conocido como Vlad el Empalador) para escribir Drácula. Vlad Tepes castigaba a sus enemigos y traidores empalándolos, es decir, les clavaba una estaca por el recto, la vagina o cualquier costado del cuerpo y esta estaca debía atravesar el cuerpo, mientras que las víctimas morían desangradas. Además de esta influencia, que es la más conocida, también se cree que Stoker leyó la noticia de Mercy Lena Brown, conocida como la última vampiresa de Nueva Inglaterra (Estados Unidos). Mercy murió de tuberculosis en 1892 (otros miembros de su familia y comunidad habían muerto antes de la misma enfermedad en medio de una epidemia), pero lo curioso fue que, meses después, su cuerpo aún estaba muy bien conservado. Su padre había mandado a abrir la tumba de Mercy porque sus vecinos creían que su otro hijo, Edwin Brown, estaba siendo víctima de vampirismo. Al ver el estado del cuerpo de Mercy, las sospechas crecieron y creyeron que era una vampiresa que había estado robando la vida a Edwin. La solución era sacarle el corazón a Mercy, quemar sus restos y dar de beber a Edwin las cenizas. Aunque lo hicieron, Edwin murió de tuberculosis, y la conservación del cuerpo de Mercy jamás fue explicada claramente.


Drácula y Jonathan



La novela inicia con los extractos del diario personal de Jonathan Harker, un abogado de Londres que es contactado por el Conde Drácula, en Hungría, para ayudarle con la compra de una propiedad en Inglaterra. Cuando Jonathan llega al castillo de Drácula, se da cuenta de muchas cosas que le hacen pensar que el Conde no es una persona ordinaria: no come como los demás. Ni siquiera el amigo Jonathan, que vivió con él durante varias semanas, lo vio comer nunca. No proyecta sombra, ni se refleja en los espejos, como observó también Jonathan. Tiene la fuerza de muchos en sus manos. Drácula toma a Jonathan como prisionero en su castillo y decide viajar a Londres. En su camino, el Conde debe pasar por la ciudad de Whitby , donde Mina Murray, la prometida de Harker, se encuentra pasando unos días en casa de su mejor amiga, Lucy Westenra. En las páginas que escribe Jonathan, podemos ver al conde a través de sus ojos, pero en las páginas de los diarios de Mina y Lucy, cuando Drácula se encuentra en Londres, el conde se mantiene como una presencia; prácticamente no aparece, solo lo podemos percibir a través del terror que provoca en Mina y Lucy.




Cuando Jonathan logra escapar de su encierro, cae a un río que pasa al lado de los muros del castillo, y es rescatado por unas monjas que lo llevan a un hospital. La monja que está cuidando a Jonathan, se pone en contacto con Mina y es así como ella tiene noticias de su prometido. Ahora Mina deberá enfrentarse a Drácula con la ayuda de Jonathan, los amigos de Lucy y Van Hellsing, un doctor holandés que jugará un papel muy importante en esta lucha por destruir al Conde. A pesar de que Drácula no aparece en la mayor parte de la novela, Stoker logra crear un ambiente que permite sentir la presencia del conde en todos los relatos, a esto hay que agregarle que Drácula posee el poder de manipular a sus víctimas, y eso acentúa su casi omnipresencia. Es esa constante sensación de que Drácula aparecerá en la siguiente página acechando a sus víctimas lo que más me gustó de Drácula. Aunque, no hay nada como cuando leemos que Drácula tiene atrapadas a sus víctimas y está bebiendo su sangre. Ese mismo terror y otras emociones que me provocó Drácula están presentes en las siguientes frases del libro:

Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder? ¿Sabe usted adónde va y a lo que va?



Y al hablar sonrió, y cuando la luz de la lámpara cayó sobre su fina y dura boca, con labios muy rojos, sus agudos dientes le brillaron blancos como el marfil.



Por mi parte, caí en una especie de parálisis de miedo. Sólo cuando el hombre se encuentra cara a cara con semejantes horrores puede comprender su verdadero significado.



El tiempo que esperé me pareció infinito, y sentí cómo las dudas y los temores me asaltaban. ¿A qué clase de lugar había llegado, y entre qué clase de gente me encontraba? ¿En qué clase de lúgubre aventura me había embarcado?



Estoy desconcertado. Dudo, temo, pienso cosas extrañas, y yo mismo no me atrevo a confesarme a mi propia alma. ¡Que Dios me proteja, aunque sólo sea por amor a mis seres queridos!



¡El castillo es en verdad una prisión, y yo soy un prisionero!



Mi única duda era de si cualquier sueño pudiera ser más terrible que la red sobrenatural, horrible, de tenebrosidad y misterio que parecía estarse cerrando a mi alrededor.



Al abrirse mis ojos involuntariamente, vi su fuerte mano sujetando el delicado cuello de la mujer rubia, y con el poder de un gigante arrastrándola hacia atrás, con sus ojos azules transformados por la furia, los dientes blancos apretados por la ira y sus pálidas mejillas encendidas por la pasión.



Jamás imaginé yo tal arrebato y furia ni en los demonios del infierno.



Sus ojos positivamente despedían llamas. La roja luz en ellos era espeluznante, como si detrás de ellos se encontraran las llamas del propio infierno. Su rostro estaba mortalmente pálido y las líneas de él eran duras como alambres retorcidos; las espesas cejas, que se unían sobre la nariz, parecían ahora una palanca de metal incandescente y blanco.



¿Cómo os atrevéis a poner vuestros ojos sobre él cuando yo os lo he prohibido? ¡Atrás, os digo a todas! ¡Este hombre me pertenece! Cuidaos de meteros con él, o tendréis que véroslas conmigo.



Nada puede ser más terrible que esas monstruosas mujeres que estaban allí —están esperando para chuparme la sangre.



Nadie sabe hasta que ha sufrido los horrores de la noche, qué dulce y agradable puede ser para su corazón y sus ojos la llegada de la mañana.



Repentinamente me llegó la idea de que a lo mejor aquel era el momento y los medios de mi condena; iba a ser entregado a los lobos, y a mi propia instigación.



Todo es vasto; las nubes están amontonadas como piedras gigantescas, y sobre el mar hay ráfagas de viento que suenan como el presagio de un cruel destino.



¿Era esta desolación otro enlace en la cadena de infortunios que parecía estar cercándonos? ¿Sería acaso a una mansión de la muerte a la que habría llegado, demasiado tarde?



No pude evitar la tentación de hacerle una broma; supongo que ese es el gusto de la manzana original que todavía permanece en nosotras.



He aprendido a no pensar mal de las creencias de cualquiera, por más extrañas que sean. He tratado de mantener una mente abierta; y no son las cosas ordinarias de la vida las que pueden cerrarla, sino las cosas extrañas; las cosas extraordinarias, las cosas que lo hacen dudar a uno si son locura o realidad.



—No he dicho que estuviera viva, amigo mío; no lo creo. Solamente digo que es posible que sea una "muerta viva", o "no muerta".
—¡Muerta viva! ¡No muerta! ¿Qué quiere usted decir? ¿Es todo esto una pesadilla, o qué?



Nunca me habían parecido las tumbas tan fantasmagóricamente blancas; nunca los cipreses, los tejos ni los enebros me habían parecido ser, como en aquella ocasión, la encarnación del espíritu de los funerales.



Nunca antes crujían las ramas de manera tan misteriosa, ni el lejano ladrar de los perros envió nunca un presagio tan horrendo en medio de la oscuridad de la noche.



Nunca antes había visto tanta maldad en un rostro; y nunca, espero, podrán otros seres mortales volver a verla. Su hermoso color desapareció y el rostro se le puso lívido, sus ojos parecieron lanzar chispas de un fuego infernal.



Fue mi mano la que la envió al cielo; fue la mano de quien más la quería; la mano que ella hubiera escogido de entre todas, en el caso de que hubiera podido hacerlo.



El objeto que se encontraba en el féretro se retorció y un grito espeluznante y horrible salió de entre los labios rojos entreabiertos. El cuerpo se sacudió, se estremeció y se retorció, con movimientos salvajes; los agudos dientes blancos se cerraron hasta que los labios se abrieron y la boca se llenó de espuma escarlata.



Entonces comenzó a susurrar: "¡Ratas, ratas, ratas! Cientos, miles, millones de ellas y cada una de ellas es una vida; y perros para comerlas y también gatos. ¡Todos son vida! Todos tienen sangre roja con muchos años de vida en ellos; ¡no sólo moscas zumbadoras!



Mantuvo la mano en alto, y todas las ratas se detuvieron; y pensé que parecía estar diciéndome: "¡Te daré todas esas vidas y muchas más y más importantes, a través de los tiempos sin fin, si aceptas postrarte y adorarme!"



Sentí que el cabello se me ponía rígido, como cerdas, en la parte posterior del cuello; el corazón pareció detenérseme.



Con su mano izquierda tenía sujetas las dos manos de la señora Harker, apartándolas junto con sus brazos; su mano derecha la aferraba por la parte posterior del cuello, obligándola a inclinar la cabeza hacia su pecho.



La actitud de los dos tenía un terrible parecido con un niño que estuviera obligando a un gatito a meter el hocico en un platillo de leche, para que beba.



Entonces, el corazón me dio un vuelco: al lado de la cama, como si hubiera surgido de la niebla o mejor dicho, como si la niebla se hubiera transformado en él, puesto que había desaparecido por completo, había un hombre alto y delgado, vestido de negro.



Yo estaba atolondrada y, por extraño que pueda parecer, no deseaba estorbarle. Supongo que es parte de su terrible poder, cuando está tocando a una de sus víctimas. Y, ¡oh, Dios mío, oh, Dios mío, ten piedad de mí! ¡Apoyó sus labios asquerosos en mi garganta!



Estoy seguro de que el sol no se elevará hoy sobre ninguna casa que esté más sumida en la tristeza que ésta.



Luego, cuando tengamos la oportunidad que estamos buscando... Cuando no haya nadie cerca para vernos, abriremos la caja y..., y todo habrá concluido.



No debemos ninguno de nosotros retroceder ante la tarea... por muy tremenda que pueda parecernos. ¡La "eutanasia" es una palabra excelente y consoladora! Le estoy agradecido a quienquiera que sea el que la haya inventado.



¿Sabe usted cómo es ese lugar? ¿Ha visto usted ese terrible antro de infernales infamias... donde la misma luz de la luna está viva y adopta toda clase de formas, y en donde toda partícula de polvo es un embrión de monstruo? ¿Ha sentido usted los labios del vampiro sobre su cuello?



El tiempo se está haciendo cada hora que pasa más frío y hay copos de nieve que flotan en el aire, como malos presagios.



Incluso en la oscuridad hay un resplandor de cierto tipo, como sucede siempre sobre la nieve, y pareció que los copos de nieve y los jirones de niebla tomaban forma de mujeres, vestidas con ropas que se arrastraban por el suelo.



Todo parecía muerto, y reinaba un profundo silencio, que solamente interrumpía la agitación de los caballos, que parecían temer que ocurriera lo peor.



Los caballos están casi preparados, y nos ponemos en marcha inmediatamente. Vamos hacia la muerte de alguien. Solamente Dios sabe de quién o dónde, o qué o cuándo o cómo puede suceder... 

Drácula y yo

Mi personaje favorito de esta novela fue Renfield, un paciente del doctor Seward —amigo y pretendiente de Lucy—, quien es influenciado por el Conde de una forma extraordinaria. Es el personaje que más interés, asombro y terror me causó —sí, más que Drácula mismo— por todo lo que el Conde logra que él haga.  Es por esa razón que no lo incluí en la reseña, porque sería dar detalles que pueden arruinar la lectura a quienes aún no han disfrutado de Drácula. Aquí está un fragmento del diario del doctor donde lo presenta por primera vez como uno de sus pacientes:

R. M. Renfield, aetat. 59. Temperamento sanguíneo; gran fortaleza física; excitable mórbidamente; períodos de decaimiento que terminan en alguna idea fija, la cual no he podido descifrar. Supongo que el temperamento sanguíneo mismo y la influencia perturbadora terminan en un desenlace mentalmente logrado; un hombre posiblemente peligroso, probablemente peligroso si es egoísta. 

¿Personajes que no me gustaron? Mina y Lucy. No es que no me agradara su construcción como personajes, lo que sucede es que ellas son exactamente el tipo de mujeres que no me agradan. Se trata de mujeres que ven a los hombres como superiores solo por el hecho de ser hombres y que si ellos las consideras medianamente iguales, pues es un privilegio... En fin, son estereotipos de las mujeres de finales del siglo XIX. Aunque debo reconocer que se enfrentaron a situaciones en las que debieron actuar de forma independiente, sobre todo Mina. Las siguientes líneas son extractos de una carta de Lucy a Mina:

Una mujer debe decirle todo a su marido, ¿no crees, querida?, y yo debo ser justa. A los hombres les gusta que las mujeres, desde luego sus esposas, sean tan justas como son ellos; y las mujeres, temo, no son siempre tan justas como debieran serlo.
(...)
Supongo que nosotras las mujeres somos tan cobardes que pensamos que un hombre nos va a salvar de los miedos, y nos casamos con él. 

Para poder disfrutar de esta excelente e imprescindible novela, pueden ir a este enlace y descargarla en formato PDF. Si alguien tiene algún enlace de la que considera la mejor adaptación en cine de esta novela, le agradecería me lo haga llegar. ¡Felices lecturas!

viernes, 29 de marzo de 2019

Frases de "Los Enamoramientos" de Javier Marías

Las posibilidades de Marías




Una vez que se lee a Javier Marías, es difícil poder quedarse solo con una de sus novelas; la forma en la que nos introduce en las historias es atrapante. Sus prosas son extendidas, para algunos largas, cansadas y llenas de rodeos; pero juega con las posibilidades más que con repeticiones. Un pequeño diálogo detona una reflexión para el lector que se vuelve cómplice y ayudante del protagonista (casi siempre el narrador) que juega con cadenas de sucesos reales, probables, pasados, futuros, deseables y despreciables. En El hombre sentimental, por mencionar otra de sus novelas, el protagonista se agota exponiendo todas las posibilidades sobre cómo ha sido y es la vida de Natalia y su marido Manur, sobre cómo Manur descubre el engaño de Natalia, sobre qué posibilidades imagina Natalia sobre él mismo.

Los enamoramientos de María




En Los enamoramientos, publicada originalmente en 2011 y contando con una narradora por primera vez en las voces narradoras de Javier, se habla las posibilidades que llevan a las personas a estar enamoradas, y cómo, esas mismas posibilidades, las llevan a cometer —o a imaginarse en la comisión de— actos que en su estado natural no cometerían. El universo de estas posibilidades revela que, según María Dolz (narradora  protagonista), todas las personas llegamos a sustituir a alguien o a ser sustituidas por alguien. La vida sería, pues, la búsqueda constante de encontrar en otros el sustituto de alguien a quien perdimos por abandono, desprecio, muerte o incluso por decisión propia —¡cuántas posibilidades!—. Todas estas ramificaciones de efectos posibles al perder —o ser perdido por— alguien, conviven y se contradicen en el fuero interno de María. ¿Cómo sería la vida si las personas que perdimos nunca se hubiesen ido?, ¿qué si, habiéndolas perdido, regresaran incluso después de la muerte?, ¿es necesaria —o suficiente— la muerte para sustituir o ser sustituido?




María Dolz, quien trabaja en una editorial, observa por las mañanas, de forma casi obsesiva, a una pareja —Miguel y Luisa— en el restaurante en el que se cruzan a la hora del desayuno: se convirtieron casi en una obligación. No, la palabra no es adecuada para lo que nos proporciona placer y sosiego. Quizá en una superstición [...]. No me gustaba encerrarme durante tantas horas sin haberlos visto y observado [...]. Me confortaba respirar el mismo aire, o formar parte de su paisaje por las mañanas [...]. La vida rutinaria de María en la editorial se ve saborizada por los encuentros matutinos que tiene con el matrimonio que, sin darse cuenta, constituyen el momento más importante de su día. Cabe mencionar que María dedica un capítulo completo de su relato a hablar sobre su percepción de los novelistas para los que trabaja: los más engreídos y exigentes, por un lado, y por otro a los más pelmas y desorientados, a los que vivían solos, a los desastrosos, a los que coqueteaban inverosímilmente, a los que marcaban nuestro teléfono para empezar la jornada y comunicarle a alguien que aún existían, valiéndose de cualquier pretexto. Son gente rara, la mayoría.




La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa. Esa es la primera frase de la novela, con un inicio que, como Marías acostumbra, nos causa intriga y nos revela un hecho muy importante; pero que no le quitará la fuerza al resto del relato, sino más bien será un detonante. Miguel muere, y no solo muere, sino que es asesinado brutal y misteriosamente por un indigente. La muerte de Miguel desencadena una serie de sucesos que llevan a María a conocer a la esposa de este, Luisa, y a parte de su círculo de allegados. A partir de este punto, Marías toca temas sensibles como la muerte, la impunidad, el olvido, el amor, el desamor, el placer y la moral. María empezará a ver la cara oculta del matrimonio de Luisa, y la empujará a reconocer una cara oculta de ella misma que se despierta con la muerte de Miguel. Es esta muerte la que germina en la cabeza de María la idea de que todos somos sustitutos de alguien y la coloca frente a un espejo para enfrentarla a una realidad que la mortifica: quizá lo que la obsesionaba del matrimonio era la fantasía de llegar a tener una relación como la que ellos tenían, llegar a tener a Miguel, o llegar a ser Luisa para poder tener a alguien como Miguel. Pero si Miguel está muerto, ¿valdrá la pena ser Luisa? ¿Valdrá la pena sustituir a Luisa?

Estas son las frases que más me atraparon de esta novela: 

Tarde para qué, me pregunto. La verdad es que lo ignoro. Es sólo que cuando alguien muere, pensamos que ya se ha hecho tarde para cualquier cosa, para todo —más aún para esperarlo—, y nos limitamos a darlo de baja.

Con incomprensible autodisciplina: hay que ser un poco anormal para ponerse a trabajar en algo sin que nadie se lo mande a uno.

Me guardaba de decirle que me horrorizaban los calcetines de rombos, los pantalones mil rayas y los mocasines marrones con borla, porque eso lo habría preocupado en exceso y la conversación se habría eternizado.

Tampoco me salía ser amable con otro novelista, que se firmaba Garay Fontina —así, dos apellidos sin nombre de pila, debía de creerlo original y enigmático, pero sonaba a árbitro de fútbol— y que consideraba que la editorial había de resolverle cualquier dificultad o contratiempo, aunque no tuviera la menor relación con sus libros.

Me parecía envidiable vivir con tanta confianza en una meta, aunque ambas fueran ficticias, la meta y la confianza.

Se daba la cruel ironía de que era su cumpleaños, así que había muerto un año más viejo que el día anterior, con cincuenta.

Sí, era el día de su cumpleaños, ¿puedes creértelo? El mundo deja entrar y hace salir a las personas demasiado en desorden para que alguien nazca y muera en la misma fecha, con cincuenta años por medio, justo cincuenta.

Luisa reapareció un día a la vuelta del verano, ya entrado septiembre, a la hora acostumbrada y en compañía de dos amigas o compañeras de trabajo, todavía estaba puesta la terraza y yo la vi llegar desde mi mesa y sentarse o más bien dejarse caer sobre una silla, una de las amigas le cogió con solicitud maquinal el antebrazo, como si temiera que fuera a perder el equilibrio y tuviera su fragilidad asumida.

Parecía estar allí de prestado, quiero decir aquí en la vida. Ya no hablaba con viveza, como hacía con su marido, sino con una falsa naturalidad que denotaba sentido de la obligación y desgana. Pensé que acaso estaba medicada.

Supuse que me habría entendido: los dos como pareja me resultaban gratos, y como tal ya no existían.

Tampoco puede uno referirse por el nombre de pila a un muerto al que no ha conocido. O no debe, hoy nadie observa estos matices, todo el mundo se toma confianzas.

Cada vez que me acuerdo de algo bueno, al instante se me aparece la imagen última, la de su muerte gratuita y cruel, tan fácilmente evitable, tan tonta. Sí, es lo que llevo peor: tan sin culpable y tan tonta. Y el recuerdo se enturbia y se hace malo. En realidad ya no me queda ninguno bueno. Todos me resultan ilusos. Todos se han contaminado.

Han descubierto que la gente se muere, y que se mueren quienes les parecían a ellos más indestructibles, los padres. Ya no es una pesadilla.

Cuando alguien se queda viudo siempre reduce gastos en primera instancia, como un acto reflejo de encogimiento o de desamparo, aunque haya heredado una fortuna.

Quisiera estar donde está él, y el único ámbito en el que me consta que coincidiríamos es el pasado, el no ser y sin embargo haber sido. Él ya es pasado y yo en cambio soy aún presente. Si fuera pasado, al menos me igualaría con él en eso, algo es algo, y no estaría en condiciones de echarlo de menos ni de recordarlo. Estaría a su mismo nivel en ese aspecto, o en su dimensión, o en su tiempo, y ya no permanecería en este mundo precario que nos va quitando las costumbres.

Es la horrible fuerza del presente, que aplasta más el pasado cuanto más lo distancia, y además lo falsea sin que el pasado pueda abrir la boca, protestar ni contradecirlo ni refutarle nada.

Uno siempre se prolonga en los más cercanos, y éstos se reconocen y juntan a través del muerto, como si su pasado contacto con él los hiciera pertenecer a una hermandad o a una casta.

Perdí a mi primer marido y cada vez más se me aleja. Hace demasiado que no lo veo y en cambio este otro hombre está aquí a mi lado y además está siempre. También a él lo llamo marido, eso es extraño. Pero ha ocupado su lugar en mi cama y al yuxtaponerse lo difumina y lo borra. Un poco más cada día, un poco más cada noche.

No hay nada malo en que me entretengas durante la espera, si quieres, pero ten bien presente que eso es lo que somos para el uno el otro: compañía provisional y entretenimiento y sexo, a lo sumo camaradería y contenido afecto.

No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias.

De eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos, y aun así daríamos cualquier cosa a veces por seguir junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó en suerte a los naipes o nos recogió de los desperdicios.

Inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano.

Esperamos hasta bien entrada la noche para darlas por definitivamente yermas o perdidas, no vaya a ser que a última hora suene el teléfono y él nos susurre una bobada que nos haga sentir injustificada euforia y que la vida es benigna y se apiada.

Interpretamos cada inflexión de su voz y cada insignificante palabra, a la que sin embargo dotamos de estúpido y promisorio significado, y nos la repetimos.

A ninguno debe ofendernos que alguien se conforme con nosotros, a falta de quien fue mejor.

Se vestía en seguida siempre, como si junto a mí no quisiera permitirse ni un minuto de la indolencia cansada o contenta de los amantes tras un encuentro.

Basta saber que no se quiere que escuchemos para hacer todo lo posible por enterarnos, sin caer en la cuenta de que a veces se nos ocultan las cosas por nuestro bien, para no decepcionarnos o para no involucrarnos, para que la vida no nos parezca tan mala como suele ser.

El enamoramiento es insignificante, su espera en cambio es sustancial.

Trataba de retenerlo aún, un poco más, a sabiendas de que llegaría un día en que inverosímilmente se le desdibujaría su rostro o se le congelaría en cualquiera de las muchas fotos que se empeñaría en seguir mirando, a ratos con sonrisa embobada y a ratos entre sollozos, siempre a solas, siempre escondida.

La impunidad del mundo es tan inabarcable, tan antigua y larga y ancha que hasta cierto punto nos da lo mismo que se le añada un milímetro más.

Cuántas veces dos amantes no terminan su historia adúltera cuando el que estaba casado se separa o queda viudo, como si de pronto se atemorizaran de verse solos frente a frente o no supieran qué hacer ante la falta de impedimentos para vivir y desarrollar lo que hasta entonces era un amor limitado.

El asesinato es algo que sucede y de lo que cualquiera es capaz, lleva sucediendo desde la noche de los tiempos y continuará hasta que tras el último día ya no haya noche ni quede más tiempo para albergarlos.

A mí me incomoda mucho que se me vea como una amenaza. Hablo de miedo físico, claro está. De otro tipo sí que lo dais las mujeres. Da miedo vuestra exigencia. Da miedo vuestra obstinación, que a menudo es sólo ofuscación. Da miedo vuestra indignación, una especie de furia moral que os asalta, a veces sin la menor razón.

Has comprendido que para mí mis anhelos están por encima de toda consideración y todo freno y todo escrúpulo. Y de toda lealtad, figúrate.

Uno tiene que ponerse a la faena. El mundo está lleno de perezosos y de pesimistas que nada consiguen porque a nada se aplican, después se permiten quejarse y se sienten frustrados y alimentan su resentimiento hacia lo externo.

Así son la mayoría de los individuos, holgazanes idiotas, derrotados de antemano, por su instalación en la vida y por sí mismos.

La fuerza de la costumbre es inmensa y acaba por suplir casi todo, incluso por suplantarlo. . Puede suplantar el amor, por ejemplo; pero no el enamoramiento, conviene distinguir entre los dos, aunque se confundan no son lo mismo.

Lo que es muy raro es sentir debilidad, verdadera debilidad por alguien, y que nos la produzca, que nos haga débiles. Eso es lo determinante, que nos impida ser objetivos y nos desarme a perpetuidad y nos haga rendirnos en todos los pleitos.

¿Qué diablos estoy haciendo, cómo puedo referirme con civilidad a todo esto, cómo puedo hacerle preguntas sobre los pormenores de un asesinato? ¿Y por qué estamos hablándolo? No es tema de conversación.

Él siempre fue muy consciente de que si estamos aquí es por una inverosímil conjunción de azares, y que del término de eso no se puede protestar.

La gente cree que tiene derecho a la vida. Es más, eso lo recogen las religiones y las leyes de casi todas partes, cuando no las Constituciones, y sin embargo él no lo veía así. ¿Cómo va a tenerse derecho a lo que uno no ha construido ni se ha ganado?

Quizá se vería igual de agotado a quien acabara de asestarle nueve puñaladas a un hombre, o tal vez diez, o dieciséis.

Eso se terminó, antes de hoy. Mañana mismo iniciaré la tarea de que deje de ser una criatura y se convierta en un recuerdo, aunque sea, durante algún tiempo, un recuerdo devorador. Paciencia, porque llegará un día en que no lo será.

Pero tal vez la mayoría de los criminales sean así, simpáticos y amables, pensé, cuando no están cometiendo sus crímenes.

No era consciente de que cumplía años, debía de estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta, se comportaba como un hombre de treinta.

Ya no estará su cama afligida, ni será ya luctuosa, en ella entrará un cuerpo vivo todas las noches, cuyo peso yo bien conozco, y era muy grato sentirlo.

A los ojos de Luisa se lo decía a los dos, pero yo me estaba despidiendo de Javier, ahora sí, ahora definitivamente y de veras, porque él tenía a su mujer a su lado.

Sí, no pasa nada por reconocérmelo. Al fin y al cabo nadie me va a juzgar, ni hay testigos de mis pensamientos.

Es verdad que cuando nos atrapa la tela de araña —entre el primer azar y el segundo— fantaseamos sin límites y a la vez nos conformamos con cualquier migaja, con oírlo a él —como a ese tiempo entre azares, es lo mismo—, con olerlo, con vislumbrarlo, con presentirlo, con que aún esté en nuestro horizonte y no haya desaparecido del todo, con que aún no se vea a lo lejos la polvareda de sus pies que van huyendo.

En Los enamoramientos, podemos sentir la pérdida de María cuando Miguel es asesinado, su asombro cuando descubre las circunstancias de su muerte, la amargura y resignación de sentirse sustituta y sustituible, el placer de lo prohibido y el dolor de aceptar lo que le corresponde como producto de la inverosímil conjunción de azares que es la vida. En este enlace podrán descargar el libro en formato ePub. Para poder leerlo, recuerden que deben descargar el archivo y abrirlo en un lector ePub (hay varios que pueden descargar tanto para PC o para dispositivos móviles) o, si tienen el navegador que viene con el Windows 10 (Microsoft Edge, el sustituto de Explorer), podrán abrirlo desde ahí. ¡Felices lecturas!

viernes, 22 de febrero de 2019

Frases de "El Hombre Sentimental" de Javier Marías



Marías

Javier Marías es un escritor español nacido en 1951 que se ha convertido en uno de mis autores favoritos. Lo conocí gracias a mi novio. Él trajo, por casualidad y curiosidad, El hombre sentimental de un viaje que hizo —como no sabíamos de su existencia, no habíamos reparado en que en El Salvador también había parte de sus novelas—. Ese libro lo trajo para él, pero decidimos leerlo juntos —el primero que leímos juntos— y nos encantó, aunque he de decir que al principio no me atrapó el título. Después de eso creo que hemos comprado unos cuatro libros más de él, donde se encuentra la trilogía de Tu rostro mañana.




Marías tiene una vasta variedad de novelas, ensayos, artículos, relatos, literatura infantil y traducciones. Ha sido galardonado con muchos premios, incluyendo el Premio Herralde (1986) y el Premio Internazionale Ennio Flaiano (2000) por El hombre sentimental. En el 2008 fue nombrado miembro de la Real Academia Española (sillón R, como cargo vitalicio). La forma en la que nos introduce a la psique de los personajes ha sido muy bien recibida por la crítica que lo ha catalogado como uno de los mayores representantes de los escritores españoles contemporáneos.




El hombre sentimental

En uno de sus tantos viajes a Madrid, un cantante de ópera conocido como el León de Nápoles, se encuentra con tres personas: los esposos Manur y su acompañante, Dato. Manur, un poderoso banquero belga, siempre de viaje y atendiendo compromisos sociales, se ve en la necesidad de procurarle a Natalia Monte, su mujer, una compañía que él no podría desempeñar en su papel de marido. Es así como Dato se vuelve el compañero permanente de la señora Manur. Natalia aceptó casarse con Manur en una unión arreglada por su hermano —el de Natalia—, Roberto, en un intento de salvar la vida de su padre y madre. Luego de la muerte de sus padres, Natalia sigue atada a Manur por razones similares y más fuertes, quizá.




Dato, siempre acostumbrado a crear conexiones sociales con desconocidos por su trabajo de acompañante de Natalia —que lo ha llevado a relacionarse con personas lejanas a su círculo regular y a conocer sobre temas de los que jamás se interesaría a no ser por la mujer de su cliente—, tiene un primer encuentro personal con el cantante en el bar del hotel donde se hospedan. De ese primer encuentro, en el que el León de Nápoles empieza a conocer cómo funciona la relación de Manur y Natalia, se desencadenan otros encuentros en los que el cantante conoce más íntimamente a Natalia, quien siempre está en compañía de Dato.




El León de Nápoles tiene una idea clara de quiénes son Natalia y su marido: los había visto, y escrutado, y analizado, e incluso definido: un explotador y una desdichada, un potentado y una melancólica, un ambicioso y una desquiciada. Eso es lo que el cantante piensa cuando Dato, al encontrarlo en el bar de hotel, le pregunta si recuerda a las dos personas con las que viajaba. Pero puede que tanto Dato, como Natalia o Manur, su rival, le muestren que sus conjeturas estaban equivocadas. O quizá sus encuentros, con los tres, solo le confirmen lo que pensó al verlos en el tren a Madrid. Un dato —con minúscula—: las intenciones de los cuatro involucrados en este triángulo amoroso no deben ser subestimadas. Nadie es víctima aquí.

Estas son unas de las frases que pude recuperar de mi lectura:

Quizá fuera eso lo único que le faltara en la vida: que sus deseos fueran entendidos y cumplidos sin necesidad de hacerlos saber.


Bien sé que no hay sometimiento más eficaz ni más duradero que el que se edifica sobre lo que es fingido, o aún es más, sobre lo que nunca ha existido.


Es la forma de nuestra muerte lo que debemos cuidar, y para cuidarla debemos cuidar nuestra vida, porque será ésta, sin ser nada en sí cuando cese y sea sustituida, lo único que sin embargo será capaz de hacernos saber al final si morimos como un imbécil o si morimos aceptablemente.


Tú eres mi vida y mi amor y mi vida de conocimiento, y porque eres mi vida no quiero tener a mi lado a otra persona que tú cuando muera.


Pero no quiero que llegues de pronto a mi lecho de muerte tras saber que agonizo, ni que acudas a mi enterramiento para despedirme cuando yo ya no te vea ni pueda olerte ni pueda besar tu cara, ni tan siquiera que aceptes o busques acompañarme en mis últimos años porque los dos hayamos sobrevivido a nuestras respectivas y lastimeras o separadas vidas, pues no me basta.


No podría soportar que en esa hora tú fueras sólo recuerdo y estuvieras mezclada, y pertenecieras a un tiempo lejano y borroso que es nuestro nítido tiempo de ahora, porque es el recuerdo y el tiempo lejano y la mezcla lo que más detesto y lo que siempre he intentado rebajar y negar...


Por eso no debes marcharte ahora, porque si ahora te marchas me quitarás no sólo mi vida y mi amor y mi vida de conocimiento, sino también la forma de mi muerte elegida.


—¿Y si muriera yo antes?
—Todo pudiera ser. Pero tu muerte sería también la mía.


Me escuchaba tan atenta y compasivamente como si estuviera oyendo narrar las desventuras y privaciones de un niño de Dickens.


Deseaba por encima de todas las cosas aniquilar a aquel hombre y seguir viendo a diario a Natalia Manur: no sólo en Madrid, no sólo con Dato, no sólo mientras ensayaba el Otello de Verdi en el Teatro de la Zarzuela de mi antigua ciudad.


Qué cansado es querer, pensé. Afanarse, proyectar, ambicionar, no poder contentarse con la perseverancia y la inmovilidad.


No tengo ilusión por Berta, cuando regreso a casa no me alegra demasiado verla, ni siento la necesidad ni el deseo de acostarme con ella en seguida (...). De hecho me ilusiona más convocar a una puta de lujo en mi habitación de lujo en algunas de mis soledades mayores de mis viajes musicales.


No se podía andar por los pasillos de un hotel dignificado con tela tan reducida y tan pegada a la piel.


¿Y qué diría Berta si llegaba a saberlo? Pero recordé que Berta ya no iba a estar en mi vida.


Son siempre las mujeres las que imponen el tono que desean en un encuentro o una conversación. Hasta la puta Claudina era capaz de desarmarme y hacerme desistir de mis intenciones primeras con tan sólo no fijar sus ojos en mí.


Ella descruzó en seguida las piernas para facilitarme la caricia, pero en ese movimiento no había provocación, sino dejadez.


Colgué y fui a abrir con la sensación de estar sucio (no lo estaba), mal vestido (no lo estaba), nervioso (sí lo estaba) y sin acabar de arreglar (lo estaba también, y no sabéis cómo me descompone que alguien me vea sin acabar de arreglar).


Yo pensé dos cosas a la vez: ‘Manur conoce expresiones de mi lengua que los extranjeros no suelen saber’, y ‘‘¿Le pregunto ahora si ha venido a hablar de mi barba, si debo rendirle cuentas acerca de si me afeito o no?’


Me refiero a su llamada a nuestra habitación pasadas las doce y media. ¿No se acuerda? Yo descolgué el teléfono y entonces usted colgó sin decir nada. Una cosa más bien fea, no se hace.


Aquel banquero belga lo sabía todo, pensé asustado: tanto de mi lengua como de mi noche anterior. Hasta había hablado con la puta Claudina. ¿Cuándo? Las putas no madrugan.


—Óigame, Manur, todo esto es una exageración.
—Quizá. Yo puedo permitirme la exageración.


No nos andemos con juegos, señor cantante —respondió Manur, y me molestó que me llamara así—. Usted sabrá ya, a estas alturas de su amistad con mi mujer, que nuestro matrimonio se rige por unas condiciones muy particulares.


No he visto nunca a ninguna otra persona con tanta voluntad de perseverancia en su elección y en su amor. Es más, ahora sé que fue Manur quien me contagió, o bien que fui yo quien se expuso a contaminarse o lo quiso imitar.


Llevo quince años esperando a ser amado por Natalia Monte, mi mujer; usted, en cambio, es un advenedizo, señor.


Llevo quince años esperando a que sea ella la que me ame a mí. Y mientras no exista otra persona, mientras ella no tenga ninguna ilusión y no la quiera nadie más, yo sé que puedo esperar, o al menos ir cumpliendo, un año tras otro, mi viejo propósito de pasar a su lado mi vida entera.


No me complique la vida ni se la complique usted. Mi mujer no es buen negocio, créame que no hay ganancia.


No es capaz de comprender que si él quiere olvidar a Berta Viella, entonces no habrá nadie más que la quiera recordar


Yo no puedo obrar una palingenesia, no la quiero recordar; es más, como ya he dicho antes, ni siquiera la recuerdo ya.


Tampoco yo lo sabía: la mayor parte de las veces uno no sabe cuándo ha sido tomado ni cuándo ha sido dejado.


Es difícil saber a quién se favorece con una acción o con una omisión, pero también uno se cansa de no tener preferencias.


Yo cerré la puerta y, casi sin saberlo, hice llover besos sobre su rostro con callado ardor, como si tuviera prisa por llegarle al alma. Besé sus mejillas pálidas, su dura frente, sus pesados párpados, sus grandes y desvaídos labios. Y, casi sin saberlo, ella se sintió levantada por mi poderoso abrazo, como si yo hubiera lanzado una ola sobre su cabeza que la agotaría con su solo paso.

Cuando mueras yo te lloraré de veras. Yo me acercaré hasta tu rostro transfigurado para besarte con desesperación los labios en un último esfuerzo, lleno de presunción y de fe, por devolverte al mundo que te habrá relegado. Yo me sentiré herido en mi propia vida, y consideraré mi historia partida en dos por ese momento tuyo definitivo. Yo cerraré tus reacios y sorprendidos ojos con mano amiga, y velaré tu cadáver emblanquecido y mutante durante toda la noche y la inútil aurora que no te habrá conocido. Yo retiraré tu almohada, yo tus sábanas humedecidas. Yo, incapaz de concebir la existencia sin tu presencia diaria, querré seguir sin dilación tus pasos al contemplarte exánime. Yo iré a visitar tu tumba, y te hablaré sin testigos en lo alto del cementerio tras haber ascendido por la pendiente y haberte mirado con amor y fatiga a través de la piedra inscrita. Yo veré anticipada en la tuya mi propia muerte...

En este enlace podrán descargar el libro en formato ePub. Para poder leerlo, deben descargar el archivo y abrirlo en un lector ePub o, si tienen el navegador que viene con el Windows 10 (Microsoft Edge, el sustituto de Explorer), podrán abrirlo desde ahí. ¡Felices lecturas!

viernes, 25 de enero de 2019

Frases de "Cuentos de Barro" de Salarrué

Salarrué, seudónimo de Salvador Efraín Salazar Arrué, fue un artista salvadoreño que nació en 1899 y murió en 1975 en su casa ubicada en Los Planes de Renderos, San Salvador; donde hoy se encuentra la Casa del Escritor, lugar que funciona como museo y semillero para nuevos artistas literarios. Aunque su faceta más conocida fue la de escritor (con cuentos, poemas, ensayos, teatro, novelas y artículos cortos), también tuvo trabajos que destacaron —y siguen sorprendiendo— en dibujo, pintura, escultura y música. Todo esta amplia producción artística fue incorporada por la UNESCO al Registro Latinoamericano de Memoria del Mundo en noviembre de 2016, como un reconocimiento al invaluable trabajo del artista salvadoreño.




Cuentos de Barro fue publicado por primera vez en 1933, y es, quizá, el libro con el que el mundo hace referencia a la literatura salvadoreña, siendo uno de los más publicados y leídos. Salarrué plasmó en sus páginas un El Salvador que permanece para siempre, donde la vida del campesinado salvadoreño fue retratado de forma tal que al leer los cuentos estamos allí, junto al niño inocente, istúpido y travieso; con el campesino que posee la religión, la brujería y los secretos de la tierra para sobrevivir; con las mujeres que deben obedecer a los hombres, atender a los hijos y cuidar la casa. Cuentos de Barro no es un libro moralista, pero es inevitable reflexionar con cada cuento. Cada historia nos enfrenta a situaciones cotidianas, unas más cercanas a nosotros que otras, pero con lazos en común que nos conectan, nos atan, indudablemente: el espíritu humano, el instinto de supervivencia, el amor a los nuestros —a veces más bestial que fraternal—, la maldad de unos contra otros, las explicaciones ingenuas —o ignorantes— a lo que desconocemos.

Con una mezcla de lenguaje popular y culto, Salarrué construye imágenes hermosas que demuestran un dominio excepcional de la lengua. La captura de la esencia del habla del campesino, la riqueza en figuras literarias y la utilización precisa de los diálogos —incluyendo la ausencia de ellos— hacen de Cuentos de Barro una joya de la Literatura; así, con mayúscula y sin el adjetivo salvadoreña. Salarrué presenta sus cuentos en Tranquera, y lo hace de esta manera:
Como el alfarero de Ilobasco modela sus muñecos de barro: sus viejos de cabeza temblona, sus jarritos, sus molenderas, (...); así, con las manos untadas de realismo; con toscas manotadas y uno que otro sobón rítmico, he modelado mis Cuentos de Barro.

(...) Pobrecitos mis cuentos de barro... Nada son entre los miles de cuentos bellos que brotan día a día; por no estar hechos en torno, van deformes, toscos, viciados; porque, (...) ¿Qué sabe el rojizo tinte de la tierra quemada de lakas y barnices?; y el palito rayador, ¿qué sabe de las habilidades del buril?... Pero del barro del alma están hechos; y donde se sacó el material un hoyito queda, que los inviernos interiores han llenado de melancolía. Un vacío queda allí donde arrancamos para dar, y ese vacío sangra satisfacción y buena voluntad.

Allí va esa hornada de cuenteretes, medio crudos por falta de leña: el sol se encargará de irlos tostando.



En la tesis de Marta Sánchez Salvà para la maestría en Español y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Bergen, Noruega; titulada El «regionalismo» en Cuentos de barro de Salvador Salazar Arrué (Salarrué), se hace una categorización de estos cuentos, y se plantean ejemplos de cada categoría. Estas categorías pueden servir para visualizar la riqueza en las temáticas abordadas en el libro. Las categorías que propone Sánchez Salvà son: cuentos de animales, cuentos de niños, cuentos de pasión y cuentos de hombres.

En la categoría de cuentos de animales, el ejemplo que se toma es De caza. Todos estos cuentos de animales nos muestran la relación del hombre con los animales; particularmente, De caza, muestra cómo el hombre, en su afán de cazar, puede convertirse en su propia presa. Dos hombres se encuentran cazando en el campo, contemplan sus presas —cinco palomas y un conejo—, las presumen y se enorgullecen del resultado de sus habilidades de cazador. De pronto, un disparo. Luego otro. El silencio del mediodía se desgarraba, como una película de coágulo sobre un estanque; poco a poco las desgarraduras iban cerrándose, hasta que la cerrazón de calma recobraba su pesantez. Salarrué nos obliga a adivinar ciertas acciones que quedan sugeridas en las lecturas, y la intriga que introduce al final de este cuento, es prueba de ello.

Para el caso de cuentos de niños, se ubican aquellos cuentos en los que niños y niñas son protagonistas del cuento o cumplen un papel fundamental para que la trama se desarrolle. El uso —y abuso— del poder del adulto sobre el menor se ve reflejado clara y tristemente en estos cuentos. El circo, el cuento analizado por Marta, relata las aventuras de un grupo de niños que, curiosos por el circo que ha llegado al pueblo, se las arreglan para ver el espectáculo. La ignorancia, la inocencia y la imprudencia de los niños se ven retratadas en este cuento, así como el papel de los adultos como protectores y abusadores de quienes no encajan en su mundo: En aquel pueblo de niños, sólo los cipotes se bían quedado ajuera. Ispiaban por onde podían, subiéndose algunos hasta las puntas de los cercanos jocotes, contentándose con ver el bailoteo de uno quiotro trapo de color, o el relámpago misterioso de las lentejuelas en las mecidas de los trapecios.





En los cuentos de pasión se incluyen esos en los que existe una relación entre un hombre con una mujer con connotación sexual, que se mueve en el espectro desde el simple deseo hasta el acto sexual consumado. Como parte del contexto social en el que se desenvuelven los personajes, estos cuentos conservan el pensamiento de que la mujer debe perder la virginidad solo con su esposo, mientras que el hombre puede ejercer libremente su sexualidad. El cuento que representa esta categoría es La brusquita, la historia de Polo, un hombre de campo, que ve interrumpida su vida solitaria por la llegada de una prostituta de la ciudad, la brusquita: De allá de la carretera, de bien abajo, venía cargando con ella. La bían arronjado diun utomóvil. Él bía visto el empujón y el barquinazo. Iban todos bolos y ella lloraba a gritos. Cayó en pinganiyas, y, dando una güeltereta, sembró la cara en el lodo y se quedó aletiando. Este encuentro entre dos mundos distantes —ella, prostituta de la ciudad; él, de campo y con poca o ninguna experiencia con mujeres—, generará una serie de cuestionamientos en Polo, la brusquita y el lector.

Los cuentos de hombres nos dicen cómo los hombres —no como género humano, sino como persona masculina— se relacionan entre ellos y con el resto de las personas —inferiores por ser distintos—: mujeres, niños y niñas. Como lo explica Sánchez Salvà, estos cuentos muestran cómo la vida de los hombres y sus relaciones sociales están determinados por algo más grande que ellos mismos. Las normas e instituciones que han creado se convierten en su jaula de hierro. La botija es el cuento seleccionado en esta categoría y cuenta la historia de José Pashaca. Empujado por la muerte de su madre, y movido por las historias del viejo Bashuto, Pashaca se lanza a trabajar arando la tierra, para buscar botijas —cántara de barro alargada utilizada por las generaciones pasadas para ocultar tesoros bajo tierra o en los muros de las casas—: Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de un arado y empujó. José Pashaca deberá demostrar que lo que él persigue es real y digno de admiración; no puede dejar ver que su orgullo fracasó, solo eso puede ser mayor que su holgazanería. 

En total, son 33 los cuentos que Salarrué nos regala en este libro, y estas son las frases que más me gustaron —cada frase especifica a qué cuento pertenece—:

—¿Qué quiere, mama?
—¡Qués nicesario que tioficiés en algo, ya tas indio entero! 
→ La botija


José Pashaca se dignó arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente. 
→ La botija


Cuando la Juana lo conoció, sintió que el corazón se le había ahorcado. Ya no tuvo tiempo de escaparse; y sin saber por qué, lo esperó agarrada de una hoja. 
→ La honra


—¡Babosa! ¡Habís perdido lonra, que era lúnico que tráibas al mundo! ¡Si biera sabido quibas ir a dejar lonra al ojo diagua, no te dejo ir aquel diya; gran babosa!... 
→ La honra


Él no sabía ni poco ni mucho cómo sería lonra que bía perdido su hermana, pero a juzgar por la cólera del tata, bía de ser una cosa muy fácil de hallar. Tacho se maginaba lonra, una cosa lisa, redondita, quizá brillosa, quizá como moneda o como cruz. 
→ La honra


Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía contra su pestífero pecho, duro como un tapexco; y, rodeándolo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mientras él, con la cara añudada de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano. 
→ Semos malos


Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un planeta extraño. 
→ Semos malos


Las hojas enormes de los majonchos le hacían cosquillas a la casa con las puntas. Sus sombras, en forma de cejas, se mecían en las paredes, que parecían hacer muecas nerviosas. En un ventanuco que estaba en la culata una araña había enrejado, por si abrían...  
→ La casa embrujada


Agrupados en la orilla, los moradores del valle escrutaban la noche. Los gritos habían levantado a las gentes. La ña Gerónima, gorda y grasienta, con su delantal de cuadros azules, comentaba temblorosa.  
→ De pesca


Se llamaba Agruelio; era casi joven, casi viejo; su cara era rostro. Sonreiba beatíficamente, con la dulzura triste de las bocas sin dientes.

→ El sacristán


—Ve vos, yo sé lo que te digo: nuai más dolor quel de parir...
Polo asintió, con sencilla nobleza de irnorante. Se despidió la vieja y se fue; y el indio, que vivía solo allí, descolgó la guitarra, como quien apecha la tristeza sin temor; y liayudó al cielo a dir pariendo estrellas en la tarde. 
→ La brusquita


El pelo lo andaba al jaz de la nuca; era blanca y suavecita, suavecita como algodón de ceiba. Cuando abrió los ojos vido que los tenía prietos y brillosos, como charcos diagua en noche de relámpagos. 
→ La brusquita


Pasaba todo el día tirada boca arriba en la cama, descalza su blancura y triste el negror de sus ojos que le sonreiban agradecidos.

→ La brusquita


Polo quería decir algo, quería sacar ajuera el ñudo que se le bía hecho en la garganta; pero no salía: era como una espina de pescado y no salía más que por los ojos. Ella lo miraba sonriente. 
→ La brusquita


La Tina y Nacho no habían tenido juguetes nunca. Jugaban de muñecas, con caragües vestidos de tuzas; de tienda, en la piladera; de pulicía, con olotes; y de pelotas, con bolas de morro.  
→ Noche buena


La ña Grabiela taba quejándose, y se jue callando, y se jue callando, y se jue callando... hasta que se calló.  
→ Esencia de "azar"


Colgó el audífono con la lentitud y parsimonia de quien coloca una corona sobre una tumba. 
→ En la línea


Cuando el pito del tren sonó en la distancia, él lo confundió con un sollozo demasiado retenido, que se hace grito en las entrañas. 
→ En la línea


—Mirá, Lupe —le dijo—, andá con cuidado con la Cande: ya maliseya...
—¿Eh?...
—No me gustan tantito, sus caídas diojos, sus pandiadas al pararse. Méi fijado que deja a ratos de moler y se come las uñas; además, le ondeya el pecho como a las palomas. Andá con cuidado, te digo...  
→ El contagio


Cuando lo llamé aparte y le recomendé que la tratara con primor, no fuera ser que se asustara, se echó a rir y me dijo: «No siaflija por babosadas, esa yes cosa antigua: asigún colijo, la tengo ya empreñada dende hace un mes». 
→ El contagio


—Cuando vos naciste taba lloviendo tieso...
—¿Eeee?...
—Meramente como hoy... Tu nana tenía friyo; jue como a las diez de la noche.
—¡Pobrecita mi nana!...
—Sí pué, pobrecita... 
→ Hasta el cacho


Su propio llorar lo había llevado al borde de la quebrada: allí silencioso, allí sombrío; allí, donde lloraba el suelo. Sentado en el hojerío, debajo de los charrales, se quería morir diambre. 
→ Hasta el cacho


Despegándose del pecho de Pedrón, con un dolor que retorcía su cara como un trapo, para estrujar las últimas gotas, el niño le miró fijo y, tras un esfuerzo inmenso, logró gotear:
—¡Pa...pa!... 
→ Hasta el cacho


Siempre María estaba un grado abajo de los suyos. Cuando todos estaban serios, ella estaba llorando; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos reían, ella sonreía; no rió nunca. Servía para buscar huevos, para lavar trastes, para hacer rír... 
→ La petaca


—¿Y vos crés en la Zigua, O?
—Yo no, ¿y vos?
—¡Yo no creyó! Si querés, vamos a ver qué jue eso.
—Andá vos, aquí tespero. 
→ La Ziguanaba


Sentía mesmamente el olor del aserrín de cedro: un olor que le hacía llorar por la Tina y el cipote. 
→ Serrín de cedro


El heroísmo es un exceso de vida que puede a veces producir la muerte. 
→ El viento


Se paraba y ponía vanos empeños por amarrar el cabo del olfato. Volvía tímido la cabeza, para mirar cuán solo estaba. Entonces su grito lastimero hacía un rasguño en el viento.  
→ El viento


A lo lejos, como un punto negro en la explanada, iba nadando hacia lo incierto. Aquella cosa tan mísera, bajo el furor del cielo, era un dolor grandioso.

→ El viento


El padre estaba todo él sentado en un sillón y la Chana estaba toda ella sentada en el padre. Su cachete rosado se posaba dulcemente en el cachete azul del cura, como una madrugada sutil se posa sobre áspera montaña. 
→ El padre


Iba, humilde y shuca en la frescura dorada de la tarde, dejando pintada en el barro la flor de su patita.  
→ La repunta


Mama, ¿yen el injierno habrán hoyitos para mirar lo que andan haciendo en el cielo?... 
→ El circo


Todos llevaban los ojos y las narices fijas en el cíelo, como si husmearan la lluvia de bendición. 
→ La respuesta


La Pabla hundió más la cabeza en el refajo. Sus trenzas prietas resbalaron hasta tocar el suelo, dionde chupaban, como ráices, la idea de un morir, con mucha tierra. 
→ La tinaja


—Testoy hablando...
—¡Irte, irte de mi lado, engrato que me bis arruinado!
—¡Pero, si nues nada, usté; no siamelarchiye, ya le va pasar!...
—¡Sí, pue, le va pasar pue!, ¿y nués casado, pue?...
—Sí, pero yo a vos te quiero y tiastimo, no siapesare por babosadas. 
→ La tinaja


Traye la suerte y traye la muerte. Tal vez la suerte es una muerte; tal vez la muerte es una suerte. 
→ El mistiricuco


Felipe y Chema eran hermanos a la pura juerza; hubieran deseado no serlo. Chema era el menor y por tanto aguantaba más la hermandad. 
→ El brujo


—¿Qué les sirvo, mucha, la oración del puro o el muñeco de cera?
Chema no comprendía. Felipe se puso grave.
—Para éste —dijo con voz temblona— la oración; para mí, una muñeca con aljiler en el mero corazón. 
→ El brujo


El sombrero de palma dorada le servía para humillarse en saludos, más que para el sol, que no le jincaba el diente. 
→ El negro 

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